SENTADO EN SU INOLVIDABLE Y ETERNO SILLÓN, EN LA PENUMBRAS DE SU DESOLADO ESPACIO Y SU PROPIO TIEMPO, ÉL SEGUIA CON UN CIGARRO EN LA MANO DERECHA Y EL VASO DE Whisky en la izquierda, apoyado es sus codos, encorvado hacia adelante, con la mirada fija, esperando, que ese infinito horizonte negro y nublado que contemplaba por su ventana, terminara de una vez.
Sus ojos de color claro, ya se perdían en sus pupilas dilatadas de tanto estar en la oscuridad, viciada por el humo y el alcohol. Esperando, siempre mirando aquel horizonte, el amanecer que tanto se deseaba y soñaba con los ojos abiertos.
Esa noche estaba más oscura de lo normal, él pensaba mientras le daba una pitada a su cigarro interminable. Prácticamente, no se veía mas allá de la ventana, y solo podía distinguirse desde afuera la brasa, que subía y bajada de su boca, junto el blanco de sus ojos que brillaban a la lejanía.
Estaba tomando un sorbo a su whisky, cuando, en ese preciso instante, el cielo, que durante tanto tiempo observó, comenzó a ponerse de color rojo fuerte e intenso, como si estuviera vivo, deformado por las nubes, generando formas e imágenes raras, tenebrosas. Había una gran guerra en esas alturas. Por un momento pensó en todos los males y en que se avecinaba una tormenta de lágrimas de sangre, que finalmente, el infierno se había apoderado de su realidad, y que simplemente, ya había muerto en su eterno sillón.
Apoyo el vaso junto al sillón y apagó el cigarrillo en el cenicero que tenia sobre su apoya brazos. Se recostó hacia atrás, y se dispuso a conciliar su gran pesar y sueño, pensando que todo había acabado finalmente y que ya no tenía porque seguir en su eterna soledad, en su propio calvario. Empezó a recorrer en su mente el camino que había zurcado, pero no lograba recordar el motivo por el cual se había encerrado en su propio ser, dentro de esa habitación, en ese infinito y confortable sillón. Del océano de lágrimas que alguna vez había llorado, solo quedaba gran un desierto de olvidos.
Pasaba el tiempo, y el aún con los ojos cerrados, seguía pensando, por miedo a abrirlos y encontrarse con lo que él pensaba sería el infierno, pero solo recordaba la oscuridad y tristeza que lo rodeaba. Sin embargo, empezó a sentir que el aire a su alrededor, dejaba de ser agobiante, sintiéndose cada vez mejor, más vivo. Empezó a creer que no había ido al infierno, sino que estaba yendo hacia un lugar mejor. Tomó fuerzas, y lentamente abrió sus ojos.
Pudo hacerlo por escasos segundos. El color dorado del sol y la luz, lo lastimaban infinitamente. Le costó un tiempo poder abrirlos finalmente. Frente a él, las ventanas estaban abiertas, después de quien sabe cuánto tiempo, dejando entrar el viento y la luz. La oscura noche, estaba dando paso a un horizonte limpio, celeste, amanecía nuevamente; el sentía en su corazón como la alegría y las ganas de vivir lo invadían. Y delante de él, finalmente pudo observar, como se iba dibujando la silueta de una mujer, de túnicas blancas y cabellos rubios como la luz del sol, que reflejaban toda la luz que se acercaban a ellos.
Ella se acercaba a él lentamente. Su piel, oscurecida por el tiempo, el humo y la noche, iban cambiando su color por uno más naranja, dejando de ser el color de la muerte acechante, por el de la vida apremiante. Sus pupilas se achicaban con cada segundo que pasaba, y dejando ver sus ojos celestes, claros como el mar, y, que en ese momento, solo veían el elemento más hermoso de la naturaleza que delante de él se situaba, a escasos pasos ya.
Sus pensamientos dejaban de ser lúgubres, negativos y del pasado, convirtiéndose, en oportunidades, anhelos y futuros mejores. Se preguntaba el nombre de ese ángel, si es que existían, que estaba delante de él. Por esos momentos dejaba de ser tan racional, dejando fluir sus emociones, guiadas por sus sentidos y sentimientos en desuso.
Trataba de levantarse de ese sillón, cuando en ese instante, alzó nuevamente la vista, y tuvo el rostro de ella al lado. La vergüenza invadió su frágil cuerpo y no pudo sostener su mirada con la de ella, que lo miraba fijamente. Sentía como lo observaba, y como el dulce y tibio aire de los respiros de ella le acariciaba la cara, acercándose en cada momento a su oído. El escalofrió que sentía era terrible, pero así mismo, se daba cuenta que su cuerpo entumecido se iba despertando.
Cuando ella llega a su oído le susurra, casi imperceptiblemente con la voz que él alguna vez pensó serían la de sus diosas, ven conmigo y se alejó lentamente. Mientras lo hacía, su dedo índice iba rozando su cuerpo, subiendo desde su estomago hasta su mentón, pasando por su pecho y cuello.
Sin pensarlo, sin esforzarse, su cuerpo se fue levantando, como flotando en el aire. Su cuerpo estaba lleno de alas, y volaba junto a ella, pero solo podía ver sus rubios cabellos que lo abrazaban, su larga túnica blanca lo abrigaba, y sus ojos y mirada lo hacían perder en sus pensamientos y alegría.
Cerró sus ojos, y viajó junto a ella, ese tiempo que parecía eterno, soñaba con placeres y horizontes libres de tormentas.
Estaba comenzando un nuevo colorido viaje.
J.A.C
Gracias por sacarme de las tinieblas