Thursday, June 18, 2009

Una Muerte

Era un anochecer de invierno. Estaba lloviendo, suave, era un día triste. El estaba en su departamento, viendo por la ventana como su balcón y plantas que tenía colgadas se mojaban.

Tomaba su taza de café, solo en la mesa de la cocina. Sus ojos eran color gris, como ese día. Sus pensamientos estaban en el aire. No había música, no se escuchaba gente ni autos por las calles. Estaba solo con su mente.

En sus idas y vueltas, por su inconsciente, solo pensaba que esa era la noche. Que esa noche finalmente lo haría. Esa noche lo asesinaría.

Se levanto lentamente de su vieja silla de madera, tomo la taza con su mano izquierda, la enjuago rápidamente y la dejo secando sobre la mesada. Dio media vuelta, y con esa tranquilidad que lo seguía, se dirigió hacia el living, tomo su abrigo, un sobretodo largo, marrón, abrió el armario, el único que tenía en esa parte del departamento, y tomo un arma que guardo en uno de los bolsillos.

Salió del departamento, con la cabeza baja, mirando el suelo, pensativo, con los hombros caídos, como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros. Pasos lentos y seguros hacia. Como si cada uno lo incriminara, lo lastimara. Su cara lo acompañaba en todo ese pésame.

Bajo por el ascensor. Esos viejos, chicos, donde entran solo dos personas, y cada piso que baja parece que sea el último y que se va a quedar ahí, atascado. Por momentos lo desea. No quiere seguir, busca una excusa. Pero el ascensor no para, solo en la planta baja, el lugar justo donde tenía que hacerlo.

Paro en la puerta del hall de entrada al edificio, miro un instante por la ventana, se veía muy frio, como el arma que llevaba en el bolsillo y acariciaba con su mano. Empujó la puerta de vidrio, y salió a la solitaria calle. EL frio, la lluvia y el viento habían hecho huir a todas las personas a sus hogares, a disfrutar de la calidez de la estufa y compañía de alguien.

Camina despacio, con esa carga que sentía constantemente en su cuerpo, a cada paso que daba, a cada instante que se acercaba a su destino, esta se hacía más y más pesada. El ladrido de un perro, el movimiento de las hojas y algún ave que volaba por la noche, era el único sonido que emitía esa ciudad en pena.

El sentía como el agua circulaba por su pelo y rostro, mientras sus ropas se mojaban. Pero sus ojos grises solo veían ese objetivo por el cual había salido esa noche, y en su mente solo se encontraba el futuro que imaginaba.

Llego a la casa, paro sin ver, ya había estado ahí muchas veces, sintió que la vida le pasaba por delante, llenando de recuerdos ese momento, tratando de parar su decisión, pero poco duraba, y con el pestañeo de sus ojos, volvía esa mirada perdida en la tristeza.

Entra por la puerta de madera, y camina por el centro del jardín de entrada a la casa, el piso estaba lleno de agua, y el césped amarillo por las hojas que habían caído de los arboles. Poco se veía, solo un poco de luz asomaba la luna miedosa a través de las nubes, ella sabia qué iba a pasar, y un pequeño farol en la entrada de la casa.

Con temor, toca el timbre. Se prende una luz, la reconoció fácilmente, era esa luz que antes se prendía para él. Se abre la puerta, lentamente, y ella se muestra. Parecía un ángel, la luz de fondo insinuaba su silueta y sentía que le iluminaba el alma.

Se miraron por unos segundos, ella desde arriba del escalón, y no se decían nada. Estaba frio, como la mirada de ella que lo desalentaba fuertemente. Pero el no hacía nada, solo observaba.

Prendió un cigarrillo, y puso su mano sobre el bolsillo donde estaba el arma. La saco y miro, estaba reluciente. Era impensado que semejante belleza fuera un arma mortal, capaz de terminar una vida en pocos segundos.

Ella permanecía ahí, inmutada, pero su mirada era de miedo.

El rápidamente sube su brazo apuntando el arma. El reflejo de la luna en la misma, encandila la mirada de ella la cual cierra los ojos, probablemente por miedo. Ese instante fue eterno. Sentía como cada una de las gotas golpeaba su rostro y cuerpo, lastimándolo. Pero a su vez podía absorber con su brazo la vibración del arma debida a las mismas. La lluvia no quería que lo hiciera.

Ya apuntando a su objetivo, con un movimiento intempestivo, presiona el gatillo, en sus ojos estaba guardado ese momento, con ella delante de él como un ángel con los ojos cerrados, aterrada por el miedo.

El relámpago de la bala parecía que había sacado una foto de ese instante. De ese último segundo de vida.

Su cuerpo caída, mientras la sangre se regaba por el jardín. El cigarrillo ya se había apagado por al lluvia.

Ella seguía ahí, parada sin sentimientos a la vista. Solo su mente trataba de asimilar lo que había pasado. Pero entre tanta agua caída del cielo, una lágrima de ella se mezclo, con las tantas que él lloro mientras caída en un pozo sin retorno.

Sunday, June 07, 2009

Ella estaba ahí, sentada, delante de sus libros, de sus fotos y recuerdos. La cama sin hacer, las cortinas abiertas, dejaban pasar la tenue luz del sol de invierno. Sus cabellos dorados, emitían un resplandor especial, brillaban de una manera distinta esa mañana. Sus grandes ojos celestes, miraban a través de los cristales, el paisaje gris que ese crudo invierno proponía.

Sus pensamientos estaban en ese cielo, con las nubes, volando con sus sueños. Sueños que estaban cambiando. Momentos que estaban agonizando. El tiempo transcurría en esa mañana, y ella seguía ahí, mirando el presente, situada en el pasado que esa habitación le dejaba ver, pero sumida en un profundo transe, tratando de imaginar el futuro, queriendo escapar por esa ventana, dejar ese hermoso cuerpo, volar por el cielo, viajar, ser libre.

Analizaba cada uno de los momentos vividos, mientras calentaba el agua para preparse un té, y así seguir con su reflexión. Su teléfono no sonaba, su familia no estaba, y sentía una gran soledad constantemente, a pesar de saber que siempre estaba acompañada.

Entre el aroma del té, el humo del cigarrillo y las letras y dibujos que dejaba sobre un papel, ella pasaba sus mañanas. La hora del almuerzo era algo más de su vida cotidiana, hablando de las mismas cosas, discutiendo y escuchando las mismas palabras. La rutina la sofocaba y el encierro desnutría su alma poco a poco.

Ese día paso, pero se repetían constantemente y ella estaba desesperando en esa angustia que la consumía. Pero eso ya no volvería a repetirse. Ella saldría al sol. Esa tiniebla que marchitaba su divino ser, se estaba despejando, dejando ver su estrella y luz, que emanaba más viva que nunca dibujando en su perfecto rostro esa hermosa sonrisa que tanto gustaba. Caminaba por el barrio que la vio crecer. Sus miedos a salir al mundo iban desapareciendo con cada paso que daba, al igual que su paranoia y sus problemas.

No dejaba de pensar en los nuevos horizontes, en sus nuevos sueños y metas, con cada uno de esos pasos. Al principio, temerosos y lentos, pero cada uno le otorgaba más seguridad y velocidad. Sentía como su vida iba creciendo dentro de su ser, y como sus decisiones le iban abriendo el panorama. Se lo veía en su rostro, como la alegría se apoderaba del mismo.

Siguió caminando quien sabe cuánto tiempo, el mismo parecía eterno. A veces lentos, con ganas de volver, otras veces rápido decidida a conseguir su nuevo objetivo. Su vida estaba cambiando, y no estaba dispuesta a esperar que las cosas lleguen por si solas.

Los lúgubres y tristes lugares que antes frecuentaba, los veía de distinta manera, ya no eran sitios de penas y susurros, eran lugares donde su ser recobraba energía para armonizarse con su entorno y seguir con su camino hacia su nuevo destino.

Ella está creciendo en un mundo que no deja que te quedes quieto.

Ella finalmente se está encontrando a sí misma.

Esta siendo, después de mucho tiempo, feliz.