Ella estaba ahí, sentada, delante de sus libros, de sus fotos y recuerdos. La cama sin hacer, las cortinas abiertas, dejaban pasar la tenue luz del sol de invierno. Sus cabellos dorados, emitían un resplandor especial, brillaban de una manera distinta esa mañana. Sus grandes ojos celestes, miraban a través de los cristales, el paisaje gris que ese crudo invierno proponía.
Sus pensamientos estaban en ese cielo, con las nubes, volando con sus sueños. Sueños que estaban cambiando. Momentos que estaban agonizando. El tiempo transcurría en esa mañana, y ella seguía ahí, mirando el presente, situada en el pasado que esa habitación le dejaba ver, pero sumida en un profundo transe, tratando de imaginar el futuro, queriendo escapar por esa ventana, dejar ese hermoso cuerpo, volar por el cielo, viajar, ser libre.
Analizaba cada uno de los momentos vividos, mientras calentaba el agua para preparse un té, y así seguir con su reflexión. Su teléfono no sonaba, su familia no estaba, y sentía una gran soledad constantemente, a pesar de saber que siempre estaba acompañada.
Entre el aroma del té, el humo del cigarrillo y las letras y dibujos que dejaba sobre un papel, ella pasaba sus mañanas. La hora del almuerzo era algo más de su vida cotidiana, hablando de las mismas cosas, discutiendo y escuchando las mismas palabras. La rutina la sofocaba y el encierro desnutría su alma poco a poco.
Ese día paso, pero se repetían constantemente y ella estaba desesperando en esa angustia que la consumía. Pero eso ya no volvería a repetirse. Ella saldría al sol. Esa tiniebla que marchitaba su divino ser, se estaba despejando, dejando ver su estrella y luz, que emanaba más viva que nunca dibujando en su perfecto rostro esa hermosa sonrisa que tanto gustaba. Caminaba por el barrio que la vio crecer. Sus miedos a salir al mundo iban desapareciendo con cada paso que daba, al igual que su paranoia y sus problemas.
No dejaba de pensar en los nuevos horizontes, en sus nuevos sueños y metas, con cada uno de esos pasos. Al principio, temerosos y lentos, pero cada uno le otorgaba más seguridad y velocidad. Sentía como su vida iba creciendo dentro de su ser, y como sus decisiones le iban abriendo el panorama. Se lo veía en su rostro, como la alegría se apoderaba del mismo.
Siguió caminando quien sabe cuánto tiempo, el mismo parecía eterno. A veces lentos, con ganas de volver, otras veces rápido decidida a conseguir su nuevo objetivo. Su vida estaba cambiando, y no estaba dispuesta a esperar que las cosas lleguen por si solas.
Los lúgubres y tristes lugares que antes frecuentaba, los veía de distinta manera, ya no eran sitios de penas y susurros, eran lugares donde su ser recobraba energía para armonizarse con su entorno y seguir con su camino hacia su nuevo destino.
Ella está creciendo en un mundo que no deja que te quedes quieto.
Ella finalmente se está encontrando a sí misma.
Esta siendo, después de mucho tiempo, feliz.
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