Desperté en una forma apacible. Sentía el aroma del saumerio, la tranquilidad del lugar, el ruido de los pájaros y una sensación de armonía y dulzura que nunca había sentido en mi tiempo de vida.
No sé donde estoy, no recuerdo lo que hice la noche anterior y ni tampoco como llegué ahí. Me sentía frio, pero la calidez del momento era tan grande que poco me importaba. La habitación estaba de un color naranja, aunque sus paredes eran de madera, creo que era el crepúsculo, aunque no estoy seguro en qué momento del día.
Me levante y comencé a ver la habitación. No era muy grande, el techo era de paja, o de algún material parecido. A los pies de la cama, contra la pared, había una pequeña biblioteca, con unos pocos libros en ella y una vieja radio. A su derecha, sobre el pasillo, una mesa de madera con una silla. Me acerqué a ella, levantándome de la cama, que tan cómoda era, sentía que me abrazaba y me contenía, como la cama de mi niñez en la que soñé durante tantos años. Cuando llego a la mesa veo una máquina que llenó de nostalgia y alegría mi alma. Era la máquina de mis ensueños, la que escucho mis penas y alegrías. Aquella que siempre estuvo sin omitir opiniones, pero que tantas conclusiones realizó conmigo. Ella con sus letras poco que nada dicen, pero que tantos sentimientos plasman. Ella mi gran amiga, junto a mi soledad, que siempre me acompaña.
Seguí mi camino, como si conociera el lugar desde siempre, sin pensar en nada, saque una tasa, llene la tetera de agua y puse a calentar el agua. Quería tomar un té, para tratar de recordar que había hecho el día anterior y como es que había llegado hasta ahí. Abrí la puerta de la alacena y encontré muchas variedades de té, de tantos lugares distintos, tantas especias. Comencé a abrir las cajas para sentir su aroma. Cuanto placer me daba eso. Elegí un té chino, que siempre me gusto, desde el día que me lo hizo probar mi mamá, que hacía ya mucho tiempo no veía. Busque azúcar, pero no había, pero me importo poco, fue solo un acto reflejo, yo no la uso y no había nadie a quien ofrecérsela. Sentí el zumbido de la tetera, ya estaba hirviendo el agua. Apagué la hornalla y me dispuse a tomar ese delicioso té. Traté de ver a través de la ventana, pero poco se veía, era todo de un color rojo cobrizo, mezclado con una neblina. Parecía la bruma del mar.
Me apoye contra la mesada y mientras disfrutaba del olor de las especias y el sabor de las mismas, vi delante mío una mesa con una silla y un pequeño y viejo televisor. Me acerque para ver que había en las noticias, pero cuando lo enciendo había una película, una de mis favoritas, había empezado hace poco. Así que me senté con mi té a disfrutarlo. Me sentía tan tranquilo, tan contento, mi ser se sentía lleno.
Termino la película y me sentía muy cansado, el té había calentado mis frías manos mientras lo tomaba. Me levante y fui nuevamente a la habitación. Prendí la pequeña radio que estaba en la biblioteca, había música tranquila, de relajación. Decidí tomar uno de los libros, era el momento ideal para leer algo, dejarme llevar a esos mundos de fantasía y aventuras. Veo los títulos de los mismos, y encuentro uno que había leído muchas veces, que siempre me gusto, que tanto me enseñó. Lo tome entre mis manos como si fuera un ser vivo, algo muy frágil, era realmente especial para mí, era “El Principito”, y nuevamente sentí nostalgia y alegría.
Me acosté en la cama, leí el prologo, ese prologo que tanto me gustó. Pero el cansancio era cada vez más y más grande. Miré a mí alrededor y nuevamente era el crepúsculo. Yo sentía que habían pasado horas, hasta días, pero juzgando el momento, no parecía que hubiera pasado un segundo, ese momento del día parecía eterno.
Me recosté pensando que estaba en el paraíso, o que era un hermoso sueño. No estaba seguro de cuál de los dos. Lo único que sabía en mi interior, es que iba a volver.
Juan Andres Cebreiro.
Wednesday, April 22, 2009
Un Paraiso
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