Él vivía en una ciudad chata, con pocos edificios, donde el cielo y el crecimiento se veían limitados por la realidad; de la cual él quería escapar.
Cansado de estar siempre por debajo de las expectativas, agotado de que siempre le pidan más, sin importar cuanto daba; descreído de la hipocresía de las palabras ajenas, que solo opinaban sobre su vida, y no se preguntaban el porque o que era lo que necesitaba, el no se sentía acompañado, sino criticado.
Su tiempo era extraño para él mismo, a veces pasaba muy rápido, otras, parecía que estaba congelado, como algunas partes de su cuerpo; que por momentos saco al sol, para solo ser lastimado o simplemente ignorados.
Estupefacto con todo lo que pasaba a su alrededor, se sentía un espectador de su propia historia, que no tenia la posibilidad muchas veces de elegir, que las decisiones que tomaba siempre eran juzgadas y tratadas como si fueran simples y meras cosas; porque todos tenían el derecho ser jueces, sin ser capaces de analizar las cosas.
Ya agobiado por toda la situación, deseaba escapar, se encerraba en sus pensamientos, se dedicaba soñar despierto con algo mejor; solo necesitaba irse, para no sentir más esa presión que llevaba en los hombros, esa mochila que ya le era insoportable de sostener, esconderse de todos y cada uno. Escribir en soledad, que era su única amiga, y así no sentirse atacado por sus pensamientos, sentimientos y deseos.
Realmente se le hacia cada vez mas difícil levantarse por las mañanas, y no sentir esa carga. La fatiga emocional era muy grande, pero no deseaba que lo supieran, no quería ser parte de un problema; necesitaba encontrar la solución de manera precisa y urgente pero él solo, dejando de lado a los demás que normalmente lo desilusionaban. Ya no quería eso para él, para ellos, porque ya sentía enojo por esa desilusión paulatina que iba sufriendo.
Con el pasar del tiempo, dejó de caminar por las calles que solía, fue desapareciendo de a poco de ese lugar que tanto le había dado. Ya no se lo veía por las calles iluminadas, con la soberbia en su andar; había desaparecido.
Se dice que vaga por calles oscuras y solitarias, en ciudades de luces y estrellas. Siguió escribiendo todo aquello que sentía, empezó a hacer lo que alguna vez quiso y no pudo. Se dedico a ser el mismo. Pero se perdió para todos los demás como el humo del cigarrillo se esfuma en el aire.
Él hoy, debe ser la persona que siempre quiso ser.
J. A. Cebreiro
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