Era temprano en la mañana y ella se levantaba nuevamente a realizar sus quehaceres, molesta consigo misma por tener esa rutina que la sofoca y por no haber podido seguir sus instintos para superar sus miedos; miedos que la llevaron a esa vida que actualmente la consume y marchita su juventud, su cuerpo, su mente.
Hubo un tiempo en que era plena, caminaba por las calles con la soberbia en la mirada, con el ego en su postura, con la seguridad de creer saber quien era. Pero el tiempo fue pasando, sus amores cambiando, sus amigos perdiendo, y su felicidad agotando.
No se encontraba a si misma, lo que una vez fue bello y esplendoroso, hoy ya no lo era, las cosas por las que pasaba su tiempo, ya eran banales y sin sentido. Esa persona que no supo aprovechar en su momento ya no estaba, y nunca mas lo estaría.
Pasaba las noches tratando de colmar esas ansias de volver el tiempo atrás para reconstruir su historia, para tomar las decisiones correctas, para no tener que equivocarse para sufrirlas después. Ella no estaba donde alguna vez pensó estar, no tenia lo que alguna vez soñó, no era la imagen ni la persona que se imaginaba en la niñez.
Pero esa mañana algo cambio en ella, algo modifico el aire que respiraba. Abrió las ventanas, y entro a su habitación una brisa de primavera que le roso su rostro y acarició su cuerpo, dándole una sensación de libertad y alegría, que hacia mucho tiempo que no sentía.
Recordó buenos momentos de su pasado, prendió su computadora, y sin saber porqué, empezó a escribir. Sin pensar en nada, las palabras fluían de sus manos, no entendía que escribía, no en ese momento, pero tenia la necesidad de hacerlo y la convicción para generarlo.
Pasó tiempo, y ella, como saliendo de un transe, comenzó a leer lo que había escrito. Las horas habían pasado como pasa el tren por la estación. Pero cuando empieza a leer, se detiene y apaga la computadora. Lo que había leído, no le hizo bien. “No se porqué, pero te extraño…” es lo que pudo registrar en su mente.
El miedo se apoderó de su cuerpo y pensamientos. No sabía que hacer, pero la nostalgia comenzó a hacer efecto. En el dilema de su vida, de su naturaleza humana, entendió finalmente el problema de raíz.
En un primer momento, luego de analizar la circunstancia, se lloró a si misma descargando esa ira, ese remordimiento que tenia en la sangre. Lo cual le dio fuerza y entendió que por fin, podía superar su desdicha.
Hoy no es la misma, pudo quitarse ese peso de encima para finalmente ser feliz a su manera y aceptar que su destino era estar ahí, en ese momento. Que las cosas pasaron por algo, que los recuerdos no son dolorosos, sino algo lindo que nos ayuda a pasar los momentos de tristeza y soledad.
Hoy ella se va a acostar pensando que mañana será finalmente un nuevo día.
J. A. Cebreiro
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