Ella estaba sentada delante del espejo, como todas las noches, preparándose para salir al escenario y presentar su espectáculo.
Prepara sus ojos, esos ojos de color claro que impactan al público, con esa mirada penetrante y que tanto dicen, sin necesidad de las palabras que puedan surgir de sus labios. Su esbelto cuerpo, y sus bellas curvas, impactan a la vista de hombres y mujeres.
Cuando termina su producción, ya preparada para su entrada en escena, realiza su ultimo cambio, y se pone su peluca rubia larga, que siempre esta sobre la mesa, peinada y arreglada. Con ella se siente vestida, segura, libre, otra persona.
Se convierte en esa rubia delirante que todos conocen por fuera, pero que nadie entiende en esencia. Le da vida a esos sueños de grandeza cuando sale a la tarima a presentar sus obras, mostrar su arte.
Pero es una máscara, para su público, su vida, su alegría, pero también su paranoia y su agonía, le da esa capacidad de mostrar gran parte de su ser, pero solo encuentra miseria al volver a la soledad de su camarín cuando termina la función.
Sus expresiones, ya marcadas por el tiempo y el cansancio, se descubren con la luz del escenario, ese sitio que le hace olvidar sus penas y sus males, llenando su mundo de luces y aplausos.
Hace su trabajo sin pensarlo, realiza los mismo gestos y los mismos movimientos en el momento justo. Ya no le apasiona como antes, ella vive en su mundo, piensa en otras cosas, en el pasado por momentos, pero vuelve donde esta parada, para no sentir nostalgia y poder disfrutar de eso por lo que deja la vida.
Terminado el espectáculo, vuelve a sentarse en la silla delante del espejo, y comienza a quitarse todo el maquillaje, pero no se quita la peluca, no por el momento, no quiere volver a ser ella misma, le cuesta, le da temor.
Sin embargo, el tiempo es tirano, e inevitable. Pone un poco de música para iluminar sus sentidos e ir con su mente a otros lugares, con otra gente, otras épocas. Salir de su apoplejía debida a la rutina, conociendo gente sin intereses, paseando con su copa y cigarrillo por las fiestas y cenas, por lunas y soles, con todo en sus manos, dignas de alguien que triunfa en ese frívolo mundo.
La vida de una persona que pasa el tiempo para los demás, en esos días imparciales, pero el de ella se marchita y no encuentra salida alguna, tampoco esa alegría que tanto busca, y genera en los demás.
Va de lugar en lugar, practicando su acto, mostrando sus cualidades, mintiendo con su peluca, pero ante todo, sigue con esa necedad y engaño a sí misma.
Encuentra el placer en pequeños momentos de colores, que satisfacen su resentimiento y la ayudan a dejar este mundo por unos minutos, flotando por sobre su cuerpo, su alma es libre, o al menos así se siente. Lo que no es capaz de comprender, es la terquedad de continuar de esa manera y no afrontar el problema, ella sentía que no era la persona que alguna vez se soñó.
En las idas y vueltas entre este y su mundo paralelo, lleno de personas amigables y lugares como cuadros de Van Gogh, pinturas en el horizonte, ella se aísla mas y mas. Su tiempo en la tarima, las luces y aplausos, que le hacían funcionar el corazón, sintiendo que la sangre circulaba por sus venas, que la hacían sentir viva, ya no es mas que una parte de su pasado, y actualmente, una carga a su alma desolada.
Esta noche quiere ir nuevamente a ese paraíso que en su mente habita, pero ya no quiere volver. No desea seguir viviendo en esa nostalgia, esperando algo que nunca llega. Flota en la inconsciencia de saber que termina una etapa, pero sin conocer que en realidad acaban todas.
Esa rubia delirante, hoy hizo su ultimo acto, su ultima puesta en escena. Mañana amanecerá, para los demás, la persona que nunca quiso ser.
“Los finales felices solo existen en las películas, espero que sea uno de esos”, fue lo ultimo que escribió en su diario.
J. A. Cebreiro
No comments:
Post a Comment